La llamada

La primera cosa que Jesús hizo en su ministerio público fue «llamar», es la llamada de los dos primeros discípulos. Jesús los llama por su nombre, los llama para que sigan su camino y les pide que dejen todo lo que tienen en función de la novedad que les será anunciada y de la misión en la que serán partícipes. En primer lugar, esta llamada necesita una conversión, es decir, dirigir la propia mirada hacia Él y seguirle con el deseo de conformarse a su persona. La vocación encuentra ya una primera revelación en el nombre de cada uno, por esto Jesús llamará a Simón, Pedro, porque su misión y su llamada será la de ser roca sobre la que fundar la Iglesia de Cristo. Además, los apóstoles son llamados uno a uno y por su nombre, para ser identificados en su unicidad.
En la llamada, la primera experiencia que el hombre hace es una fuerte e íntima relación con Dios, solo este tipo de relación permite a los discípulos, que se sienten amados, tomar la decisión de seguir a Jesús con total radicalidad. La promesa que Jesús les hace a Pedro y a Andrés es muy ambiciosa y requerirá un abandono y una confianza total. Abandonarán sus propios esquemas y formas de pensar para acoger la vida como un don de Dios en su totalidad, para acoger la llamada como un nuevo camino a recorrer dejando atrás los propios proyectos. Se puede hablar de dos tipos de llamada: una que exige la fe de los discípulos y la otra que les llama a la perfección, al seguimiento incondicional en la vida del Maestro.

El lugar y el tiempo en el que los discípulos se encuentran con Jesús son los de su cotidianidad. En un contexto como este, Jesús se dirige a Pedro y Andrés, llamándoles para que le sigan y les llama mientras están realizando su trabajo, mientras se ocupan de su vida.
También el lenguaje que Jesús utiliza con sus discípulos pertenece al ambiente del que provienen y es cercano a lo que ellos han vivido. Se dirige a ellos diciendo: «Seguidme, os haré pescadores de hombres». Desde aquel momento, lo que era una sencilla vida de pescadores en el lago Tiberiades se convierte en una vocación de misión y anuncio del amor de Dios; y ellos dejaron las redes, la barca y la familia para seguir a Jesús.
Además, podemos notar cómo la llamada se realiza en pareja, son llamados dos hermanos: Pedro y Andrés. Esto porque la pareja es la base de la fraternidad y la vocación encuentra su realización en la vida comunitaria. Además, la misión a la que serán enviados se realiza de manera completa si se comparte y se experimenta dentro de una comunidad. Y aquí podemos ver un nuevo pasaje: los discípulos llamados son enviados para llevar el anuncio de la Buenas Nueva y del amor de Jesús a todos los hombres. La misión es la expresión y el resultado natural de sentirse amados y llamados por el Señor. Como ya se ha dicho, la vocación y la misión son comunitarias, porque la comunidad es punto de salida y de llegada de la llamada de cada uno; de hecho, solamente en la relación con los hermanos, los discípulos pueden experimentar la fraternidad, ya que no es posible reconocerse como hijos si no se descubre también el hecho de ser hermanos. En este contexto nace la Iglesia, la primera comunidad de fe que encuentra en Jesús sus raíces.

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