La adquisición del sitio de Cafarnaún

fray Giuseppe Baldi

El mérito principal en la adquisición de las ruinas de Cafarnaún por parte de la Custodia de Tierra Santa debe atribuirse a fray Giuseppe Baldi. El padre custodio de aquel tiempo, fray Aurelio Briante, en una carta datada en 1886, expresaba así sus intenciones: «Para estas cosas, es decir para la compra de Cafarnaún, no hay más interlocutores que fray Giuseppe de Nápoles y el dragomán de Nazaret a los que dirigirse para no ser engañados».

El proceso de compra fue largo y complicado.
Desde el comienzo, un creciente número de personas se presentaron como propietarios del terreno. La tribu beduina de los Samakieh, propietarios de una gran parte de esta ribera del lago, pensó en obtener un gran beneficio por la venta de un terreno que, hasta entonces, no valía nada y llegó a recibir ofertas realmente interesantes. De hecho, otros compradores, algunos de ellos muy poderosos económicamente, presentaron sus ofertas de compra: un cierto señor ofreció 1.500 napoleones y los judíos, a su vez, llegaron a los 2.000. Un tercero mostró su intención de adquirir no solo las ruinas de Cafarnaún sino también las de Corazim. Junto a todos ellos, también los griegos ortodoxos, una sociedad católica europea y algunos más expusieron sus intenciones de adquirir el terreno.

La situación económica de la Custodia en aquel momento no era especialmente boyante; faltaba dinero para la compra y el gobierno otomano se mostraba abiertamente hostil. A pesar de todo, fray Giuseppe Baldi continuó conduciendo las negociaciones con los beduinos con mucha prudencia para alcanzar el objetivo fijado. Los ojos de todos se dirigían a los frailes.

El 17 de agosto de 1890, cuando las negociaciones estaban a punto de cerrarse, llegaba de forma imprevista un telegrama del Catastro de Beirut que ordenaba la suspensión de las mismas. Exigía conocer el nombre y apellidos de los vendedores y el contenido del terreno, es decir de aquellas «preciosas antigüedades» que en él se encontraban. Este telegrama se reveló más útil de lo que parecía. Ofrecía la ventaja de hacer más transparente la operación de compra, mostrando claramente las intenciones de la Custodia ante el gobierno otomano. Fray Giuseppe Baldi intensificó sus esfuerzos tanto ante los vendedores cuanto ante las autoridades de Safed, Acre y Beirut.

Las numerosas cartas intercambiadas entre fray Giuseppe y la Custodia muestran el entusiasmo de aquellos momentos.
El primero de octubre de 1890, fray Giuseppe escribe al padre custodio diciéndole que el 27 de octubre había recibido, desde Tiberíades, los 206 documentos sobre la propiedad y que todo estaba en regla. ¡La Custodia se había convertido en la propietaria de Cafarnaún! Pero no se había dicho aún la última palabra.

Los beduinos, esperando conseguir aún más dinero con la venta, antes de que las negociaciones se cerraran definitivamente, intentaron ocultar una pequeña parte del terreno. Para evitarlo, los franciscanos levantaron inmediatamente un muro rodeando la propiedad y construyeron un hospicio para proteger las ruinas, que en este tiempo seguían siendo presa de los saqueadores. Pero el asunto no terminó ahí.

A pesar de la compraventa legal con los beduinos Samakieh, a través de un procurador de nombre Barbur y el Sr. Bauab, que actuaba en nombre de la Custodia, los vendedores continuaban con sus pretensiones, encontrando una oposición enérgica por parte de fray Giuseppe.

En la segunda mitad de diciembre se produjo un cambio desafortunado. El gobernador de Safed, que había favorecido a la Custodia, fue sustituido por Musa Effendi, hijo del máximo responsable del municipio de Jerusalén. Éste animó al procurador de los beduinos a que acusara de fraude ante el gobierno al Sr. Bauad, que actuaba de forma no oficial en la compra en nombre de la Custodia ya que las leyes otomanas prohibían la compra directa de terrenos por parte de extranjeros. Se abría así un período muy complicado.
Algunas personas, muy bien pagadas por la Custodia para realizar la operación, complicaron en gran medida el asunto revelando abiertamente que el terreno y las ruinas estaban siendo adquiridas por la Custodia. En este punto entró en escena un sacerdote del Patriarcado Latino de Jerusalén que, gracias a su amistad con el secretario del Pachá de Acre, intercedió para ayudar a fray Giuseppe Baldi. También los judíos, viendo que la compra la realizaba la Custodia, intentaron en vano favorecer su posición ante el gobierno.

En el mes de julio llegó desde Beirut la orden de suspender la construcción del hospicio y empezaron de nuevo los embrollos, inspecciones, gastos de dinero y miles de complicaciones. La Custodia intentó mediar con el gobierno a través, en primer lugar, del secretario del Pachá; luego, gracias al delegado apostólico en Siria, Mons. Gaudenzio Bonfigli. Cuando las negociaciones parecía que llegaban a buen fin, el patriarca greco-ortodoxo de Constantinopla reclamó el terreno de Cafarnaún, declarando que la propiedad en cuestión era de los griegos, que allí había incluso una iglesia y que el terreno había sido robado por un derviche. Esta caótica situación se fue solucionando gracias al escrupuloso examen del caso por parte del Pachá de Acre, que declaró que aquellos terrenos no habían pertenecido nunca a los griegos.

Los distintos personajes del gobierno otomano que se fueron sucediendo en distintos cargos entre 1892 y 1894 sumieron la situación de Cafarnaún en la incertidumbre, que durante mucho tiempo estuvo a merced de distintas personas que pretendían resolver el problema mediante intrigas. Fray Giuseppe Baldi, después de haber luchado tanto, se eclipsó de la escena.

Finalmente, después de ocho años de negociaciones y miles de obstáculos, el 19 de septiembre de 1894, el «asunto de Cafarnaún» concluyó y todos los títulos de propiedad, , llamado «Cucian» en su tiempo, pasaron a nombre de la Custodia de Tierra Santa.